EL FESTIVAL DE LA LOCURA
Resulta de por sí bastante lamentable que para una ocasión en la que todos los grandes medios de comunicación, sin excepción alguna, conceden minutos en sus programas o líneas en sus diarios a un festival de rock, sea para hacerlo sobre hechos tan deplorables como los sucedidos en la pasada edición de Festimad Sur. Posiblemente esa sea la imagen que ellos quieren transmitir de nuestra música, la de un género marginal, violento y peligroso para el sistema. No nos engañemos, a los grandes medios de comunicación, constantes manipuladores de la sociedad en que vivimos en aras de sus propios intereses económicos, no les interesa fomentar un movimiento que lucha por valores como la justicia y la libertad. Para ellos es preferible adiestrar una sociedad adormecida a base de pastillas y bacalao, un género aborregado en el que la capacidad de raciocinio de sus seguidores se ve claramente limitada hasta niveles ínfimos, lo cual posibilita a estos poderes fácticos imponer sus propios criterios sin la menor resistencia. Festimad, por desgracia, se convirtió en el festival de la locura, una locura desatada a través de una violencia innecesaria que una mínima parte de un decepcionado público congregado en masa dirigió contra vehículos promocionales, instalaciones y bares de la organización. Posiblemente ésta sea la única conclusión a la que hayan querido llegar estos grandes medios de manipulación. Quedarse en esta reflexión, para cualquiera que profundizase mínimamente en lo sucedido la noche de sábado en Fuenlabrada, sería a todas luces incoherente. La violencia, en ningún caso entendible ni justificable, fue una reacción explosiva de unos pocos infringida por la rabia contenida en unos muchos, todos aquellos que debieron soportar un festival plagado de polvo que apenas hacía respirable el ambiente, un festival vendido en su entrada con un más que generoso precio con las promesas de grandes zonas verdes, tan solo vislumbradas como mero espejismo del color de las botellas de la marca de cervezas que patrocinaba el evento, en definitiva, un festival que no dio la talla en absoluto. A la impracticabilidad de las instalaciones, incapaces de acoger con un mínimo de decencia un macro festival de tales dimensiones, se le unieron todos los desastres organizativos que se sucedieron durante las dos jornadas de festival en prácticamente casi todas las facetas del mismo. Pero la gota que colmaría el vaso serían las más de cuatro horas de silencio forzado por problemas de escenario, acompañadas por una ausencia total de comunicación e información por parte de la organización sobre el posterior desarrollo del evento, que acabó por encrespar los ánimos que desataron los acontecimientos posteriormente conocidos. Quizás sea éste el mejor momento para ejercer una seria reflexión entre todos aquellos grandes promotores de este tipo de eventos, quiénes deberían darse cuenta de que quien acude a estos festivales son personas y no rebaños de animales que, ni tan siquiera, merecerían un trato tan indigno. La maquinaria del dinero debería dejar de nublarles de forma persistente la mente para esforzarse en mostrar una mayor preocupación hacia todas aquellas infraestructuras que rodean el correcto desarrollo de un festival, con el fin de permitir disfrutar no sólo de la música, sino de todos aquellos aspectos que al fin y al cabo constituyen parte fundamental e indivisible de los festivales más allá de los conciertos, y cuya necesidad es más que evidente para permitir disfrutarlos en plenitud. Por unas condiciones dignas en los macrofestivales, no somos borregos. Salud y rocanrol,
j-kaos