S.O.S. ROCANROL
Desde siempre he mantenido una postura en cierto modo crítica frente a la industria discográfica, o al menos respecto a aquellos abusos de la misma que he considerado faltos de coherencia hacia al público en general, partiendo desde la propia Sociedad General de Autores y continuando por los intempestivos precios de discográficas o promotores canallas. Sin embargo, en esta ocasión me corresponde traspasar la línea en aras de ejercer una autorreflexión sobre una determinada casuística que impera a cada día en mayor grado dentro de esta historia que un día se dio por llamar música y hoy se balancea entre el negocio y la crisis. Mucho, y en ocasiones de forma incierta, hemos oído a los apoltronados del “star system” arengar sobre la delicada situación de la industria, promovida exclusivamente, según ellos, por la imperante y creciente piratería que reina en el mercado del disco. Es evidente que su demagogia barata se muestra como insuficiente argumento para hacernos caer en su juego, pero no es menos cierto que la realidad de la escena musical no atraviesa sus mejores momentos. Sería ingenuo, e incluso estúpido, ponernos la venda y pensar que todo marcha viento en popa dentro de esta movida, más en concreto referida a nuestro rock, que al fin y al cabo es lo que nos atañe y nos importa. Resulta frustrante ver desaparecer discográficas que desde sus comienzos han luchado por esta música, Zero Records agoniza en sus últimos coletazos, y, sobre todo, resulta desesperante ver las salas prácticamente desiertas mientras nuestros grupos se dejan media vida y parte de la otra mitad en el local de ensayo y en la sufrida carretera para ofrecernos lo mejor de sí mismos sobre un escenario. Abandonados a su suerte, la situación se tambalea peligrosamente sobre el filo de un abismo cuyos efectos son solo perceptibles desde un incierto futuro que sobrevuela los conciertos de rock en vivo. Las calles están vacías mientras el grito de rebelión de antaño se convierte ahora en un simple murmullo de fondo, cual brisa de mar, que tan pronto viene como se va sin dejar huella visible en la arena. Y es que tan sólo una inmensa minoría, esos pocas formaciones que están ahí arriba y mal que bien se permiten poder vivir de esta historia, sobreviven con cierto éxito registrando aforos completos en salas de tamaño considerable. Los demás grupos navegan en la nada sin rumbo conocido, esperando una luz que guíe su maltrecha estrella fuera de este callejón sin salida al que se ven abocados, mientras el público en general tan solo les ofrece su espalda sin consuelo alguno. Las ideas necesitan un medio de expresión, la capacidad de creación tiene un límite, y si no la sabemos incentivar de forma adecuada, simplemente conseguiremos que la inspiración se evapore. Siempre hemos defendido el papel de las nuevas tecnologías en la difusión cultural de la música, Internet posiblemente sea el invento del siglo, pero debemos, ante todo, evitar acomodarnos entre las facilidades de los inventos de la ciencia y olvidar que el rock, el verdadero rock, se vive única y exclusivamente en las calles, en esas salas de conciertos que se esfuerzan por mantener una programación casi diaria y ajena a las normas comerciales del momento, con esos grupos que tan sólo te piden una oportunidad por verles en directo y contribuir de esa forma a salir hacia delante. ¿Se la vas a ofrecer? Salud y rocanrol,
j-kaos