GORILAS Y ASOCIADOS

        Forman parte de una especie protegida cuya extinción parece tan improbable como altamente deseada por quienes los sufren en cada concierto. Clasificados dentro de la subespecie del gorila común, son fieles pobladores de puertas de entrada, fosos, escenarios y otros lugares de comprometido acceso, suponiendo un peligro constante para la integridad física independientemente de que quién asista al concierto lo haga como un seguidor más o bien con el objetivo de realizar el trabajo de informador en cualquier evento musical de medianas o grandes dimensiones. Su nivel intelectual en la mayor parte de los casos no les permite distinguir más allá de una clara consigna que repiten al compás cual coro de niños cantores o reclutas uniformados conscientes de la misma como verdad universal que da sentido a sus vidas: “por aquí no se pasa”. Cualquier explicación que intentes darles a priori no sirve más que para desatar en mayor grado sus primarios instintos animales, con la fuerza bruta y descontrolada como único argumento válido para sostener sus teorías amparadas en la dominación de la especie como única vía para sobrevivir sin evolucionar desde tiempos remotos. Vaya por delante que no ponemos en tela de juicio la necesidad de un cierto control y organización en acontecimientos de este tipo que garanticen el normal desarrollo de los mismos así como la seguridad tanto para artistas como para el propio público. Pero el problema viene dado, como en numerosas ocasiones sucede en este mundo, cuando la autoridad mal entendida se impone a sus anchas sobre el correcto ejercicio de las atribuciones asignadas, poniendo en este caso la propia integridad de público y periodistas en peligro por esta familia quizás clave en el proceso de la evolución para determinar el eslabón perdido en el origen del homo sapiens. Ellos desde luego debieron quedar aislados por las glaciaciones en lugar de seguir el continuo proceso de desarrollo experimentado por los pobladores del planeta desde hace millones de años. Es evidente, por tanto, que en estas condiciones la labor del periodista musical sea incluso arriesgada, debería contemplarse un plus de peligrosidad en muchos casos, y por ello el hecho de haceros llegar una simple foto de cada concierto se convierte a veces en una sufrida misión más propia de película de Hollywood, todo ello si previamente has conseguido convencer al individuo de la entrada de que aprenda a leer correctamente las listas de acreditados hasta encontrar en ellas tu propio nombre impreso. No pretendo con esta consigna generalizar el problema subyacente a la amplia totalidad de personas que trabajan en esta materia, ya que, por suerte, aún queda alguna persona razonable y con un mínimo de sentido común en estos menesteres, pero, al menos, debemos intentar evitar situaciones como las que mis propios ojos pudieron ver este año en el festival italiano Gods of Metal, donde los servicios de seguridad arrojaban a los osados espontáneos que lograban alcanzar el escenario de cabeza sobre el propio foso de cemento desde una altura de tres metros. Hechos como éste son inconcebibles y, aunque no tengo constancia de que se hayan producido de forma tan salvaje en este estado, no me cabe la menor duda de que si no atajamos el problema acabaremos tendiendo a tácticas más propias de la mafia calabresa que de un personal responsable de garantizar la seguridad. Exigimos por ello profesionalidad a los promotores y salas de conciertos a la hora de seleccionar a su personal, además de esa seguridad, no solo para los artistas, sino también para los sufridos periodistas y especialmente fotógrafos que se juegan el tipo en cada evento, además, por supuesto, de para todo el público en general que asiste a los conciertos y que, al fin y al cabo, es quién da de comer a promotores, a artistas (a duras penas), a periodistas (sólo a unos cuantos) y, como no, a esa particular especie de gorilas y asociados que forman parte de nuestra fauna tradicional. Salud y rocanrol,

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