ROCANROL ENLATADO
Seis y media de la tarde, las luces se apagan y las guitarras echan a rodar. ¿Concierto o desconcierto? Lo cierto es que cada vez observamos como los horarios de las actuaciones se encajan a presión y en tan atípicas horas para el rocanrol con el fin de darles cabida dentro de la chirriante maquinaria de las salas de ciudades como Madrid. Aqualung, La Riviera, Arena, Macumba, Caracol, … prácticamente todas las grandes salas donde actualmente se programan conciertos de rock en esta ciudad nos apremian con unos horarios reducidos que no te permiten apenas más que pagar, entrar, dos horas de espectáculo y “pa fuera”. Cuando te quieres dar cuenta, y sin dejar lugar al respiro, ya se encuentran los operarios en cuestión forzándote a que abandones el lugar para dar cabida a una farragosa programación de pachanga, salsa o bacalao, con el consiguiente contraste en cuanto a la fauna expectante por entrar a tan degradantes antros de especulación. Y además hemos de sentirnos afortunados, bastante tenemos con que haya caritativos templos de la música como la vergonzosa sala Aqualung donde nos cobren tres mil pesetas, nos apiñen como a borregos y nos inviten a abandonar el lugar apenas pasadas las diez y media de la noche (véase el reciente concierto de Ars Amandi, Sínkope y Estrago). Para llorar, y afortunados como digo por contar con estas sanguijuelas del negocio que al menos acogen los conciertos, aunque sean enlatados en tan inusuales circunstancias antaño para esta movida, al menos aquí contamos con conciertos de rock, porque en otras ciudades y pueblos del estado es tan desolador el panorama que ni siquiera cuentan con un lugar donde dar cabida a los latentes sueños de rocanrol de muchos chavales ávidos por devorar este tipo de espectáculos. Menos mal que aún existen apuestas valientes, pequeños refugios como Gruta 77 donde a diario se programe rock, donde puedas estar antes o después tomando algo y escuchando tu música sin presiones de tiempo, donde al fin y al cabo puedas estar disfrutando de un producto, de un arte, sin que por ello sea salvaje negocio. Cada vez más alejados del recuerdo quedan aquellos míticos templos para el rock, con Canciller a la cabeza, que marcasen los prolíficos noventa para dar cabida a una oferta centrada en nuestro estilo, y no solo a nivel de conciertos, sino como centro de reunión para escuchar un movimiento musical machacado a golpes en la actualidad por unos promotores cada vez más alejados de aquel romanticismo con el que se consiguió levantar una brillante estela para el rocanrol. Dicen que los viejos tiempos siempre fueron mejores, no estoy de acuerdo a todos sus efectos. Tenemos más bandas que nunca, tenemos más ofertas, más variedad en cuanto a grupos y en cuanto a estilos, la creatividad fluye por las calles, pero faltan esos centros de reunión en los que materializar tantas ideas y devorar la música en vivo en estado puro. Quizás deba servirnos como señal de autorreflexión y apoyar cuantas historias podamos, principalmente aquellas que se mantengan dentro de la más absoluta honestidad comercial, y reivindicar de esta forma un hogar acorde para el rocanrol, dónde no se trate al mismo como un mero producto enlatado de consumismo voraz, donde podamos con garantías vivir y sentir la música que nos hace vibrar, pues como dice la canción, “mi casa es el rocanrol”. Salud y rocanrol,
j-kaos