UN TRIBUTO AL ROCANROL
Es hora de rendir tributo. La realidad de un sueño incomparable se rinde hoy a los pies de Barricada. Quién iba a pensar entonces que de aquél encuentro hace más de veinte años en el periférico barrio pamplonica de Txantrea entre Enrique Villareal, El Drogas, y Francisco Javier Hernández, Boni, se abriría una de las páginas más brillantes que se han escrito dentro de la historia viva de nuestro rock. Ha llovido mucho desde entonces, desde aquellos ochenta que les vieron crecer hasta convertirse, al final de la década, y con un genial doble directo como mejor resumen de la misma, en la banda más importante de rock del estado. Por entonces llenaban pabellones, transmitiendo una magia especial capaz de aunar tanto a heavys como punkis o rockeros de pro gracias a himnos tan significativos como No Hay Tregua, Okupación o Noche de Rock & Roll. Crearon escuela. Por aquél entonces toda la corriente del rock estatal giraba en torno a ellos, a cada patada salía un grupo que seguía los pasos del cuarteto navarro, y el rock urbano emanaba por cada rincón mientras bandas como Leize, Kalean, Tako y otras muchas enarbolaban la bandera de un movimiento hecho con rabia y sentimiento, desde la cruda realidad de las calles. Los noventa fueron distintos. Los dos primeros trabajos en estudio de la década les reportaron el éxito más absoluto en ventas, alcanzando incluso el disco de platino, mientras sus hits se prodigaban por emisoras de todo tipo, a la par que su sonido se alejaba de aquellos comienzos más guerreros. Pero volvieron a recuperar la crudeza anterior, incluso más, mientras sus ventas descendían vertiginosamente. Y es que la carrera del grupo de Iruña no fue todo un camino de rosas. Atrás quedó el fallecimiento de Mikel Astrain, su primer batería, tras un concierto en Logroño en el año 1984, o los problemas de censura con las multinacionales RCA y Polygram, que hicieron peligrar algunos de sus más significativos trabajos. Pero sin duda fue a finales de los noventa cuando la aventura de los pamplonicas llegó a su momento más delicado. El desinterés creado en torno a la banda, que desemboca en la dispersión de sus miembros hacia proyectos en solitario, llevó incluso al combo a plantearse su disolución. Fueron unos años de impás que desembocaron, ya en el nuevo siglo, en un regreso impactante, como solo los más grandes pueden hacerlo, volviendo a sus raíces y arrasando en multitudinarias giras por cada rincón del estado que pisaban. Y desde ahí hemos llegado a nuestros días, con un merecido tributo de un destacado elenco de artistas rockeros estatales, donde faltan algunos y sobran otros, pero ya se sabe, los requerimientos del negocio discográfico mandan. No podríamos desde estas líneas olvidar a otros dos históricos de la banda, Fernando Coronado, que sustituyó al malogrado Mikel hasta hace apenas un año, cuando cedió las baquetas a Ibon Sagarra, y Alfredo Piedrafita, que desde que sustituyó a Sergio Osés, en el mismo 1984, ha permanecido en el seno de la banda completando junto a Boni y El Drogas un cuarteto único, inigualable e irrepetible en la leyenda de este nuestro rock, al que tantas noches de gloria y rocanrol han aportado los navarros para construir una leyenda, tan grande, que quizás solo sea superada por los míticos Leño, pero, a diferencia de estos, de los “Barri” aún podemos tener la suerte de disfrutar de su presencia sobre un escenario. Por mucho tiempo. Larga vida a Barricada. Salud y rocanrol,
j-kaos